Thursday, December 09, 2010

WikiLeaks - La idolatría del secreto, dictadura encubierta y democtratización de la información.

Hasta hace poco tiempo los Estados Unidos gozaron, lo mismo que su progenitor, el Reino Unido, antes que ellos, de un enorme privilegio geopolítico: mientras su territorio era invulnerable, ellos podían guerrear y comerciar en cualquier parte. Los ingleses habían usado este privilegio en el siglo XIX porque su flota mandaba sobre las olas. En el siglo XX los norteamericanos obtuvieron una ventaja aún más amplia porque no sólo dominaban las ondas marítimas, sino también las ondas aéreas a través de los satélites y, finalmente, de Internet. En posesión de una isla pequeña los primeros, en posesión de una isla "grande" los segundos, los dos imperios anglosajones pudieron invadir sin ser invadidos. En el caso de los norteamericanos, sin embargo, este monopolio espacial conoció tres excepciones. En 1941, Japón atacó Pearl Harbour. Su agresión no tuvo, empero, consecuencias duraderas porque poco después perdió la Segunda Guerra Mundial, cuando dos bombas nucleares destruyeron Hiroshima y Nagasaki. La segunda excepción a la invulnerabilidad geopolítica norteamericana se dio sesenta años más tarde con el ataque terrorista a las Torres Gemelas, en plena Nueva York. La tercera excepción, que estalló esta semana, ya no estuvo a cargo de un Estado como el japonés o de una organización subversiva como Al-Qaeda, sino de un empresario privado, el australiano Julian Assange, quien a través de su sitio de Internet WikiLeaks acaba de perforar la vasta red aérea de la diplomacia norteamericana.

Mientras la violación del espacio norteamericano tuvo en las dos primeras excepciones consecuencias limitadas, puntuales, la incursión tecnológica de Assange parece destinada, al contrario, a desnudar no sólo el espacio norteamericano, sino también el de las demás potencias, inaugurando una época enteramente nueva, una época en la cual ha empezado a extinguirse irremediablemente un reino que había caracterizado a las naciones desde el origen de los tiempos: el reino del secreto . A partir de la penetración de WikiLeaks en el espacio aéreo norteamericano nos hallamos nada menos que ante una revolución de alcance planetario, de la cual ni los Estados ni las corporaciones ni los individuos quedarán exentos de hoy en adelante.

El Dios “Secreto”

El diccionario define el secreto diciendo que "es la práctica de compartir una información entre un grupo de personas, mientras se esconde esa información de personas que no están en el grupo". En el siglo XVI Maquiavelo justificó esta práctica con un principio, la razón de Estado , en virtud del cual los Estados se sentían con el derecho de reservar para sí cualquier información que no les resultara conveniente divulgar. La "razón de Estado" era propia de las monarquías absolutas porque ellas, por juzgarse "soberanas" (el Estado soberano se considera por encima, por sobretodo lo demás) no compartían con nadie, ni con otros Estados ni con sus propios súbditos, ninguna información que consideraran relevante para la toma de las decisiones.

La soberanía de los reyes absolutos cesó con la irrupción de la democracia porque a partir de ésta el pueblo, como en nuestra Revolución de Mayo, "quiso saber de qué se trata". Si ahora el pueblo, y ya no el rey, es el "soberano", es a él a quien hay que informar. Cuando decidió divulgar los mensajes secretos norteamericanos, ¿violó acaso Assange la soberanía de un Estado democrático? Es imposible afirmarlo porque en su caso eran los pueblos, y no los gobernantes, quienes tenía el derecho eminente de ser informados.

Assange aseguró este derecho cuando decidió compartir la información reservada que había obtenido con medios de prensa de alcance mundial como The New York Times , The Guardian ,Le Monde , El País y Der Spiegel. ¿Cómo deberíamos calificar entonces su iniciativa? ¿Diríamos, todavía, que fue un acto de espionaje ? El diccionario denomina espionaje a la obtención de información confidencial mediante la infiltración, el soborno o el chantaje. Para ser caracterizada como "espionaje", la información así obtenida debe ponerse además al servicio de otro Estado extranjero. Assange difundió en cambio su información a los cuatro vientos, a través de grandes medios internacionales. ¿A cuál Estado extranjero particular estaba beneficiando con exclusividad? El hecho de que sus datos circularan entre millones de personas lo acercó, más bien, al ejercicio del periodismo. ¿No es acaso una función esencial del periodismo poner al servicio del público en general informaciones que, de otro modo, habrían quedado encerradas en los despachos oficiales? ¿Quién es entonces Assange? ¿Un infractor de las normas de seguridad al que debe castigarse o un abanderado del periodismo libre porque el pueblo, los pueblos, tienen el derecho de "saber de qué se trata", por encima de los designios gubernamentales?

Una vez que Assange compartió su responsabilidad de informar con grandes diarios, más de un observador hizo notar que el contenido de los mensajes que hasta ahora han sido publicados es nimio, en cierto modo decepcionante. Ante el alcance limitado de lo que se supo por WikiLeaks, cabe esta otra pregunta: Assange y los diarios, ¿no han difundido todavía todo lo que han aprendido, y nosotros con ellos, porque están reservando la munición gruesa para más adelante, o influye en ellos una prudencia extrema, lindante con la "subinformación"? ¿Gravita entonces aquí una elemental prudencia, para dosificar día por día lo que se va sabiendo, o estaremos en cambio ante una forma de autocensura, una práctica que merecería la condena de todo aquel que adhiera al periodismo libre? Parece natural, en este sentido, que los difusores de los miles de cables que desenterró el audaz empresario australiano obren con prudencia, ya que su acción se tornaría grave si, por efecto de ella, trascendieran informaciones comprometedoras para la seguridad nacional de los Estados Unidos o de cualquier otro Estado. El terreno cuya exploración han emprendido Assange y sus asociados, ¿podría resultar al fin un campo minado?

La doctrina ha dedicado enjundiosos estudios al análisis de la problemática que plantea el secreto. Libros como el de Sissela Bok, Secretos , y el de Karl Deutsch, Patología de la política , han abierto una ancha vía a la evaluación moral del secreto. Aquí habría que preguntarse cuál es el fin al que debería servir la ventilación de las informaciones confidenciales. En su obra La Providencia y la confianza en Dios , el teólogo moral Réginald Garrigou-Lagrange sostiene que las cosas de este mundo están destinadas por la Providencia al bien de los hombres de buena voluntad. ¿Podría aplicarse esta observación, por analogía, a la democracia? Si la difusión de los secretos de Estado sirve al pueblo, que es el soberano, ¿no debería impulsarse contra viento y marea, y sólo si lo perjudicara claramente tendría que juzgársela con más cuidado? A las auténticas democracias, que necesitan vivir en la verdad, toda información les es útil porque así las ayudaría a tomar sus decisiones. Son las dictaduras, en cambio, las que temen la difusión de lo que pasa. Es natural que un Chávez o sus émulos teman que se conozca la verdad, porque ella desnudaría su adicción al poder ilimitado. Los demócratas de aquí y de todas partes no deberían temer ni uno ni mil cables, salvo en aquellos casos excepcionales en los que, por ejemplo, el anuncio de una catástrofe incontenible e inminente hiciera cundir el pánico general de un modo sencillamente incontrolable.

Saturday, August 28, 2010

ATRÁS DE MUCHOS “OCUPADOS” HAY UN VAGO Y CHISMOSO! Denúncielo!

Una de las causas del atraso en nuestro continente, aparte de la corrupción, la injusticia, la explotación, y la violencia, entre otras cosas, es la holgazanería. El holgazán quiere vivir bien y no trabajar. Cuando el holgazán es sofisticado, se convierte en profesional de la holgazanería; aparenta estar trabajando y habla copiosamente de sus tantas ocupaciones y las grandes responsabilidades que pesan sobre sus callosos hombros laborales. Espera que lo respeten, y hasta que lo admiren. Así que, además de holgazán, es quimérico y mitómano. Por eso cuando le solicitan hacer algo, responde que no tiene tiempo.

En el mundo de las abejas, este individuo se llama zángano. Es más robusto y de antenas más largas que las obreras, pero no tiene aguijón. Es decir, aparte de fecundar, es un completo inútil.

El problema de los holgazanes es viejo. Hasta existió en la iglesia cristiana en los puros inicios. Por eso, en su segunda carta a los Tesalonicenses, Pablo dedica un párrafo entero a los vagos (3:6–14). El asunto es tan serio que Pablo dice “el que no quiera trabajar, que tampoco coma.”

Los académicos se han ocupado diligentemente del estudio de los vagos bíblicos ¿Qué hace Pablo, el apóstol, predicador, teólogo y misionero, hablando de estas cosas? ¿Qué tiene que ver esto con el juicio de Dios, la venida de nuestro Señor Jesucristo y el día del Señor? Se ha sugerido que algunos cristianos en Tesalonica concluyeron que si Cristo estaba a punto de volver, no tenía objeto trabajar. El mérito de estos vagos radica entonces en que entendieron un asunto teológico y fueron radicalmente consecuentes con éste. Si la venida de Cristo está a la vuelta de la esquina, es inútil trabajar. Así, como se trata de algo que entendieron mal, lo que tienen entonces no es un problema volitivo ni actitudinal, sino teológico. Y la mala teología se corrige con buena teología. Por eso Pablo les escribe.

El problema de esta interpretación teológicamente aguda del caso del zángano eclesiástico está precisamente en lo que escribe el apóstol. En primer lugar, Pablo afirma haberle dado a esta iglesia enseñanzas concretas con respecto al trabajo y a ganarse el pan. En segundo lugar, Pablo se pone de ejemplo a sí mismo y a sus acompañantes como personas trabajadoras que no fueron carga para nadie.

Lo anterior quiere decir que los vagos cristianos de la Tesalónica del siglo primero decidieron no prestar atención a la buena enseñanza ni al buen ejemplo. Siendo así las cosas, empezamos a dudar del mérito teológico que estos vagos pudieran tener. Las palabras de Pablo casi nos obligan a pensar que estos zánganos lo son por gusto. Lo más probable entonces es que usaron la pronta venida de Cristo como excusa para dedicarse a su actividad favorita; es decir, a no hacer nada. De modo pues que no tienen el mérito del discipulado radical producido por la mala teología que sí han tenido otros. No confundamos teología con vagabundería.

En tercer lugar, Pablo aclara que el vago no solamente se dedica a no hacer nada. El ser humano no puede estar totalmente desocupado. Por eso el vago del zángano se dedica a la actividad que constituye su verdadera vocación: meterse en lo que no le importa (3:11); o dicho de manera más respetuosa, se dedica a la chismografía; por eso lo de las antenas más largas. Aclaramos que hay chismosos que también trabajan y son productivos. No nos confundamos en este detalle tan importante porque algunas personas se podrían ofender. Debemos procurar siempre la ecuanimidad.

La cuarta cosa que hace el apóstol para atender el problema del zángano, además de mandarlo a trabajar, es pedirle a la comunidad a la que pertenece que haga dos cosas a favor del zángano: “denúncienlo públicamente y no se relacionen con él” con el propósito de “que se avergüence.”

Finalmente, Pablo hace una advertencia muy pastoral: “no lo tengan por enemigo, sino amonéstenlo como a hermano.” Al vago entonces no se le manda para el infierno, pero sí debe sentir vergüenza en esta tierra, por inútil y por andar metiéndose en lo que no le importa. ¿No le parece? Claro, el buen trabajador también necesita que disminuyan la corrupción, la injusticia, la explotación, y la violencia, entre otros, tanto para no perder el ánimo, como para disfrutar el fruto de su trabajo.

Saturday, June 12, 2010

Del miedo a la obediencia - La historia de la burra parlanchina

La irónica y divertida historia de la burra parlanchina de Balaam nos enseña una lección muy importante para el cristianismo evangélico de América Latina y para la re-afirmación de la seguridad del cristiano contra los ataques del Adversario.
Estando en las llanuras de Moab, antes de entrar a la tierra prometida, el pueblo de Israel pasa diversas pruebas de la fe, algunas de las cuales reprueban. En esas, hay un ataque que se cierne contra ellos inadvertidamente: Balac, un rey enemigo de Israel, contrata al profeta Balaam para que los maldiga. Balac está convencido del poder de tal maldición para acabar con Israel.

Según el texto bíblico, Balaam es un vidente con una reputación establecida: “el que tú bendigas bendito quedará, y el que tú maldigas maldito quedará,” dice el asustado rey Balac (Num 22:6). Pero Dios detiene a Balaam y le advierte que no puede maldecir a Israel “porque bendito es” (Num 22:12). Balaam trata de obedecer a Yavé, pero el temor de Balac es tal que insiste una y otra vez que vaya. Dios entonces le dice ahora a Balaam que vaya, pero sólo hará lo que se le indique (Num 22:20).
La historia es confusa porque después de darle Dios permiso a Balaam para que vaya, la ira de Dios se enciende porque va (Num 22:22). Entonces el ángel se le interpone en el camino; Balaam no ve el ángel, pero la burra sí. La burra se asusta, no quiere caminar, se aparta del camino y termina lesionando la pierna de Balaam. El vidente, que no ve, se enoja y le pega a la burra con un palo. Yavé abre la boca de la burra y ésta le reclama a Balaam por su comportamiento. Esta burra es uno de dos animales en la Biblia que hablan (cp. Génesis 3).
Otra vez le dice Dios a Balaam que sí puede ir, pero que sólo dirá lo que él le diga. Y así fue. Balac prepara todo para que su profeta contratado le maldiga a Israel, pero todo lo que sale de la boca de Balaam para Israel son bendiciones. La razón está en el poema de Balaam: quien bendice y maldice es Dios (Num 23:8). Mientras todo esto sucede Israel “habita confiado” (Num 23:9; cp. Jue 18: 7, 10, 27), es decir, ni se dan cuenta de lo que otros están tramando contra ellos.
¿Puede el pueblo de Dios ser atacado por fuerzas del mal cuando está “descuidado”? La respuesta, según esta historia, es que Dios es el responsable de proteger a su pueblo de esos ataques como maldiciones o cosas por el estilo. El resto de la historia de Números y de toda la Biblia, realmente, muestra que lo que al pueblo de Dios más debe preocuparle es la obediencia diaria, consistente y sostenida. Cuando Israel fracasó, como nación o como individuos, fue por otro tipo de descuidos: David con Betsabé, la adoración a Baal en tiempos de Elías y Eliseo, las injusticias contra los pobres en tiempos de Omri (en el norte) y en tiempos de los profetas pre-exílicos (en el sur); los ejemplos abundan. Por otro lado, aún cuando sí suceden los ataques, estos no están fuera del control de Dios. Hasta en el caso de Job, Satanás sólo puede hacer lo que Dios le permite. El enemigo ataca sistemáticamente y poco a poco, no siempre de golpe como lo imaginamos. No hay que huir, ni temer, sino resistirlo estando firmes en la fe (1 Pedro 5:8–11; Santiago 4:7; 1 Timoteo 1:19; 6:21).
En conclusión, la estrategia de atemorizar a la gente con un enemigo tanto misterioso e impredecible, como cruel y despiadado no es solamente arma de los gobernantes para ganar elecciones y reelecciones, sino también de predicadores y escritores cristianos que sin culpa o con ella, producen temores e incertidumbres que la Escritura, gracias a Dios, no promueve. Como se ve en la historia de Balaam, no solamente Dios no permite que se maldiga a Su pueblo, sino que convierte la maldición en bendición.

Tuesday, May 25, 2010

Lectura del evangelio miope, hipermétrope o astigmática

En su primera carta a Timoteo, Pablo menciona tres grupos de los cuales el joven ministro debe cuidarse para no caer en sus errores: los que se pierden en discursos vanos (1:6–7), los que se dedican a imponer leyes que Dios no ha mandado (4:1–7), y los que convierten el evangelio en negocio lucrativo (6:5).
El solo hecho que Pablo los mencione en una carta tan breve quiere decir que fueron problemas serios en ese tiempo. Por otro lado, la situación muestra que desde el comienzo de la historia de la iglesia, el evangelio ha sido tomado por individuos que han pretendido convertirlo en otra cosa. Pablo juzga estos casos como “desviación” del verdadero evangelio (1:6; 6:21; cp 2 Tim 2:18) y hace tres cosas con ellas: las denuncia, le recomienda a Timoteo que se aparte de ellas, y muestra un mejor camino.
No se necesita mucho esfuerzo para encontrar los tres grupos en la historia del cristianismo y en la actualidad. La pregunta que nos hacemos en primer lugar es si estamos ante desviaciones comparables y en segundo lugar si estamos obligados a denunciar y a hacer recomendaciones. La denuncia de Pablo se puede tomar como un caso de arrogancia inadmisible de un individuo recalcitrante del siglo primero, o como la auténtica defensa de la verdad del evangelio ante peligros de gran magnitud. Si quien denuncia las supuestas desviaciones tiene razón, entonces habrá que reconocer que hay distorsiones del evangelio de las cuales bien haríamos en apartarnos hoy. Nos quedamos con esta última y nos arriesgamos a mencionarlas.
Empecemos por uno que la mayoría estaría dispuesto a aceptar como juicio válido y justo: las interminables e inútiles discusiones y disquisiciones de los teólogos profesionales sobre asuntos que tienen poco o ningún provecho para la comprensión del evangelio y la edificación de la iglesia. Esta preocupación ha sido expresada muy elocuentemente por el biblista español Luis Alonso Schökel: “el pueblo pide pan y los teólogos les dan hipótesis.” Las publicaciones sobre asuntos de teología y Biblia son una industria multimillonaria dirigida en muchos casos por personas que ni siquiera creen que la Biblia es la Palabra de Dios. La situación es lamentable.
En cuanto al segundo caso, siempre ha existido en el cristianismo la tendencia a añadir o quitar cosas al evangelio. Aparecen nuevas teologías, nuevos ministerios, nuevas formas de ser salvo, de ser líder, de ser iglesia. Algunas de ellas se presentan como nuevas revelaciones que Dios ha dado a quienes, habiendo pagado “un alto precio,” según ellos, alcanzan un encumbrado nivel de espiritualidad reservado sólo para unos pocos.
Dejamos para el final el caso más delicado, los que convierten la fe en un negocio. La cara más visible del evangelicalismo latinoamericano es la de los predicadores que constantemente piden dinero. Por eso cuando los humoristas quieren burlarse de los evangélicos generalmente imitan a algún individuo que predica con voz rasgada, y que antes de cualquier cosa pide plata. Estos ministerios están marcados por la señal inequívoca del capitalismo salvaje: el crecimiento económico desmesurado.
Las preocupaciones del apóstol en el siglo primero nos llevan a tres conclusiones. En primer lugar, la investigación teológica más especializada puede contribuir a la edificación de los creyentes y a la defensa del evangelio. La misión última del teólogo y el biblista no es “ser publicado” para ser conocido y conservar su puesto, sino la edificación del cuerpo de Cristo. Segundo, la misión de la iglesia se basa en las Escrituras, no en nuevas revelaciones. Por último, esta misión se sostiene con la contribución de los fieles de las congregaciones. Los ministros deben vivir dignamente, pero hay que preguntarse si el evangelio no se ha vuelto negocio cuando hay “ministerios” fastuosos que sostienen estilos de vidas ostentosos con contribuciones de personas con muchas necesidades económicas a las cuales se les promete bendiciones que por lo menos en el 99% de los casos nunca reciben. Estas son pues las tres tristes distorsiones del evangelio ayer y hoy.

Sunday, May 23, 2010

Cómo elegir Presidente? - La lección de la Toráh

Desde tiempos muy antiguos las naciones se rigen por algún tipo de constitución. Para el Israel bíblico la Constitución es la Toráh (también llamada Ley o Pentateuco). Una de las estipulaciones importantes allí es la escogencia de un rey.

Aunque el Israel bíblico se constituye como una teocracia, esto no significó que cada decisión se tomaba por revelación. Existía una constitución. El libro que más propiamente podríamos llamar “Constitución política” es el Deuteronomio. Las estipulaciones allí contenidas para escoger rey son pocas, claras y precisas (17:14–20). Una vez escogido se crea una dinastía, pero las normas que rigen ese primer momento pueden servirnos hoy para reflexionar en las elecciones presidenciales en países democráticos.

Lo primero es que el rey sea “uno de tu mismo pueblo”. Esta expresión no apela tanto a la etnia como a la fe y el sometimiento a la constitución. David tuvo en Rut una abuela moabita (Rut 4:22). Siendo una teocracia, la elección del rey venía por oráculo profético, como ocurrió con Saúl y David. Pero la unción por oráculo profético tampoco significaba éxito y permanencia, como bien lo demostró Saúl, quien fue todo un fracaso; ni perfección, como bien lo demostró David. El caso de Salomón es ambiguo. Natán y Betsabé preparan una escena teatral donde le dicen al anciano rey David que nombre a Salomón como su sucesor según un juramento de David del cual no hay registro (2 Reyes 1).

Segundo, el rey no tendrá muchos caballos. Los caballos se adquirían en Egipto. Egipto fue la nación que oprimió a los descendientes de Jacob por 400 años. Allá no debe volver el pueblo a buscar caballos. El caballo es el símbolo del poder militar por excelencia durante gran parte de la historia de la humanidad.

Atando los cabos y los caballos, uno podría concluir que lo más importante de este pueblo no será su ejército. La razón es muy sencilla. Los carros y caballos que Dios derrotó en las aguas del Mar de los Juncos (Mar Rojo) son para Israel símbolo de opresión y esclavitud. La injusticia y las grandes fuerzas armadas van de la mano. Los gobiernos que no se gastan los recursos de la nación en atender a las necesidades de sus ciudadanos, se los gastarán luego en ejércitos y armas para controlar los males sociales producidos por las desatendidas necesidades de los ciudadanos. Un círculo vicioso más perverso que este resulta impensable. Por eso según la Biblia, la solución a los males sociales no son los ejércitos, sino la justicia social (Isaías 32:17). En eso se equivocó Israel y se siguen equivocando muchos hasta la fecha.

Por razones de imagen y de los tratados comerciales internacionales, los reyes de la antigüedad solían tener muchas mujeres, unas locales y otras importadas. Cada mujer extranjera viene con su religión y probablemente querrá hacer misión. Por eso se estipula, en tercer lugar, que el rey no tenga muchas mujeres, para que no se extravíe su corazón. Dos ejemplos de ese extravío son Salomón con sus mujeres (1 Reyes 11:1–4) y Acab con su Jezabel (1 Reyes 16:29–33). El problema no es que sean extranjeras; es cuestión de la fe y de la constitución nacional.

En cuarto lugar, el rey no acumulará muchas riquezas. Los gobernantes tienen dos grandes privilegios que bien administrados los pueden ayudar a ser muy ricos: influencias e información. Hay mucha gente que le puede hacer favores al gobernante porque el gobernante después los puede devolver. El problema es que devuelve favores con los dineros de la nación, con lo que no es suyo sino del pueblo. Para eso están los grandes contratos, sobre todo los de infraestructura, los de grandes negocios y los tratados internacionales. No es que todo eso sea malo ni malo del todo, sino que en todo eso favores van y vienen, y los gobernantes terminan enriquecidos. Lo perverso es que los trámites son legales o con apariencia de tales.

La información privilegiada tiene que ver con dos cosas principalmente: los grandes proyectos de desarrollo de un país y la localización de los recursos naturales. El gobernante que quiere enriquecerse, con información privilegiada, comprará tierras baratas en todos aquellos lugares donde sabe que hay o va a haber algo. Eso también es enriquecimiento ilícito y perverso. Siempre dirán “no sabía”.

Para evitar todos los males anteriormente descritos, en quinto lugar, el rey de Israel tendrá una copia de la Constitución, de la Ley, la cual leerá y en la cual meditará diariamente. Esta constitución es el ecualizador de los ciudadanos; todos están sometidos a ella por igual. Por eso, rey y súbditos deben conocerla.

En el antiguo Israel la monarquía y la profecía nacieron y crecieron juntas. Es decir, Dios estableció la forma del gobierno y los vigilantes del gobierno. La función de vigilancia solamente la pueden ejercer bien quienes no comen de la mesa del rey. Así las cosas, la experiencia de Israel puede ser útil para las naciones democráticas de hoy, especialmente para el cristiano que quiere cumplir la constitución de su país. Así participamos con Dios en quitar y poner gobernantes, pierda o gane nuestro candidato.

Saturday, April 24, 2010

Se Vende Pastor...¿quién da más?

Cuando en Israel no había rey, y cada quien hacía lo que le venía en gana, ocurrió la siguiente historia relatada en Jueces 17–18.Esta historia es posterior a los relatos de los jueces propiamente dichos. La historia añade más de lo mismo, lo cual hace subir al libro hacia un climax literario, mientras Israel moral y socialmente sigue vertiginosamente en la otra dirección, hacia abajo.

Una señora que vivía en las montañas centrales de Israel tenía un hijo llamado Micaías (“quién como Yavé”). A la señora le robaron toda una fortuna, mil cien siclos de plata (¿administradora del dinero en la casa? ¿no tenía marido?); ella, como era lógico en la época, maldijo al ladrón (¿tenía sus sospechas?). Tiempo después, el ladrón confesó y devolvió el dinero. Había sido el mismo hijo. “¡Qué familia esta!” diría uno, pero los ladrones intrafamiliares abundan, hasta en las mejores familias.

La señora, feliz con la noticia, bendijo a su hijo (¿para deshacer la maldición?) y consagró la plata a Yavé: decidió fabricar un ídolo a Yavé con parte de la plata y ¡se lo regaló a su hijo! Y, como santuario sin sacerdote no puede funcionar, entonces Micaías consagró a uno de sus propios hijos como sacerdote; sin importarle el orden sacerdotal estipulado en la Ley. De esto, dice el autor de Jueces, no se sorprenda porque “en aquel tiempo no había rey en Israel y cada quien hacía lo que le bien le parecía” (17:6).

Apareció por ahí un levita que venía de Belén. Este sí era de linaje sacerdotal y andaba buscando oportunidades, pues engrosaba la lista de los pastores desempleados en ese tiempo. Conociendo a Micaías, uno se imagina que se encontraron la olla y la tapa: Micaías quita a su hijo y pone al levita como su nuevo sacerdote. Le dice: quédate en mi casa, serás para mí un padre y sacerdote, te pagaré diez siclos de plata al año más ropa y comida. Una oferta irresistible, la cual el joven levita aceptó y fue para Micaías como un hijo. Micaías ahora siente que no le falta nada y que tiene asegurado el favor de Dios, pues tiene plata, sacerdote levita, ídolo y santuario (17:10–13). Qué más le podía pedir a la vida. De esto, dice el autor de Jueces nuevamente, no debemos sorprendernos porque “en aquel tiempo no había rey en Israel”… (18:1).

No sólo había levitas buscando dónde tener mejor vida, sino también una tribu entera, Dan. Casualmente, cinco espías de estos llegan cerca de la casa de Micaías y oyen el acento del levita y saben que no es de allí. Después de una breve entrevista, el levita aprueba sus intenciones de tomarse algunos territorios cercanos, lo cual hacen, convencidos de que Yavé está con el levita y con ellos.

Los danitas son 600. Los cinco espías cuentan a sus compañeros los datos del levita y pensaron y actuaron igual que Micaías. Hacen sus cálculos: si son 600 y tienen armas de guerra, no necesitan dialogar ni negociar con Micaías. Sólo tienen que tomarse los objetos del santuario de Micaías y hacerle una oferta al levita. Lo invitan a ser padre y sacerdote con una oferta irresistible para el levita: “Prefieres ser sacerdote de toda una tribu de Israel o sólo de la casa de un hombre?” Sabiendo como sabemos qué es lo que le interesa a este pastor de Dios desde el comienzo, no cabe duda que aceptaría la propuesta con gran alegría. Si con una pequeña congregación ganaba lo suficiente para vivir dignamente, ahora con 600 (sin contar mujeres y niños) tendría el futuro asegurado por generaciones. El levita, ni corto ni perezoso, ahora se roba el santuario completo de Micaías y se va a su nuevo ministerio (18:18–20). Micaías no lo pidió, pero como había otros que pensaban como él, en cierta manera “los invitó.”

El Micaías que habíamos visto como “el malo,” ahora es “pobrecito.” Los danitas no lo dejan ni hablar. Tuvo el coraje de ir a reclamarles cuando se le llevaron a su dios y a su pastor; los danitas primero le preguntan qué le pasa y luego lo mandan a callar. Es como si le dijeran: “¿no eres tú igual de ladrón que este levita y tienes la misma teología pragmática que nosotros? ¿qué te pasa?”

Si el pastor toma sus decisiones basado en cantidades de personas y en mayores ingresos, está reflejando de quién es pastor: del poder, la fama y el dinero, no de Dios. Cuando el libro de Jueces dice que “no había rey en Israel y cada quien hacía lo que bien le parecía,” no está diciendo que la monarquía es la solución (1 Samuel 12:24–25), como han dicho muchos académicos; lo que está diciendo es que quien debe reinar en Israel, es decir, Dios, no reina. Detrás de la espiritualidad y el exuberante lenguaje de dar “más gloria a Dios” pueden esconderse los deseos más egoístas y pecaminosos. ¿Se puede imaginar al levita contando su “testimonio” de cómo Dios lo había prosperado?

La iglesia en América Latina enfrenta una crisis de enormes proporciones. Con frecuencia, las iglesias se multiplican gracias al espíritu de independencia y de grandeza que reina. Hay una competencia por el que tenga más. Más de un pastor ha decidido “abrirse” cuando ve que tiene “más posibilidades” si se independiza. Parecieran llevar colgado un letrero: “Se vende pastor, ¿quién da más?”

Monday, March 29, 2010

GRACIA… “De nada” o El Sistema Prepago Espiritual – Parte 2

La generosidad no se puede decretar. Así que, Dios ordenó las relaciones agrarias, comerciales y laborales de tal manera que se evitara la explotación, la pobreza y la mendicidad. La tierra produce suficiente para que todos podamos comer y vivir vidas dignas, porque todos somos portadores de la imagen y semejanza de Dios. Los gobernantes son puestos por Dios para distribuir los bienes a todos con justicia y equidad. Y, a los creyentes, la Biblia nos invita a ‘hacer el milagro’ de obedecer la Palabra de Dios.

Los latinoamericanos debemos reflexionar en esto de las buenas obras. Primero, porque en vez de buscar la raíz de los males sociales y de responder a ellos, con mucha facilidad corremos detrás de cada nuevo San Gregorio que aparece, ahora vestido de ‘cristiano’ o ‘evangélico’, y que habla como subastador profesional de bendiciones. Segundo, porque buscamos ‘anotarnos puntos en el cielo’ haciendo buenas obras ‘para que Dios nos tenga en cuenta.’ Siendo que en América Latina en muchos sentidos todavía nos queda mucho de la mentalidad medieval, vale la pena recordar esta descripción: “Lo que domina la mentalidad y la sensibilidad del hombre medieval, lo que determina lo esencial de sus actitudes es el sentimiento de inseguridad... Inseguridad fundamental que se centra, en definitiva, en la vida futura, que no se le asegura a nadie, y que las buenas obras y la buena conducta jamás garantizan por completo.” Tercero, porque los seres humanos somos egoístas: “el que desea ver a otro próspero, por esperanza que tiene que de allí le ha de venir algún bien a él, no parece que le tiene al tal buena voluntad, sino antes a sí mismo.”

Volviendo a nuestra pregunta inicial, ¿cómo es entonces que Dios ‘levanta del polvo al pobre y saca del fango al necesitado’ (Salmo 113:7) en la mayoría de los casos? Hay varias formas. Cuando los profetas bíblicos vieron la pobreza no hicieron milagros a cambio de dinero para ‘el ministerio.’¡Imposible que les quitaran a los pobres lo poco que tenían! Eso hacían los falsos profetas de ayer y hacen hoy. Los profetas verdaderos se fueron a la raíz del problema: denunciaron la corrupción y se pusieron de parte de las víctimas (Isaías, Amós, p.ej.). No vendieron milagros.

Todos los creyentes en Dios están llamados a las buenas obras. Pero no para la salvación, sino para algo mejor: para que Dios sea glorificado. No se debe pensar en las buenas obras como cuotas que se pagan de una deuda. La única deuda que tenemos es la de amar a los demás y esa debemos mantenerla siempre. No se trata tampoco de ‘yo quiero ser un adorador’, sino de ‘yo quiero que otro sea un adorador.’ Así fue como Noemí pasó de la amargura (Rut 1) a la celebración (Rut 4), por Boaz.

Las buenas obras en la Biblia son parte de lo que podríamos llamar ‘teología bonita.’ Bonita porque trae consigo una alegría multiplicadora. Se alegra quien es objeto de las buenas obras; se regocija el que lo observa; el que recibe glorifica a Dios; Dios también se alegra tanto por el que dio como por el que recibió. Es sin duda una gran bienaventuranza. Tan importante es esto, que el cristiano no solamente debe andar en el Espíritu (Rom 8:4) y en la verdad (2 Juan 4), sino también en buenas obras (Efesios 2:10). ¡Obras que Dios preparó! Por eso se puede ser rico en ellas (1 Tim 6:19). En ellas hay que ser celoso, tanto como en la doctrina (Tito 2:14). Por eso hay que animar a otros a que las hagan (Heb 10:24).

Ya que está tan de moda ‘el poder’, imagínese ese gran poder que usted tiene: ser un instrumento de la gracia de Dios para que otra persona vea a Dios y lo glorifique. Este es tal vez el aspecto más bonito de las buenas obras, el cual aparece con mucha frecuencia en la Biblia: la manifestación de la gracia de Dios por medio de otras personas con un gran y sublime resultado: la gente glorifica a Dios y le da gracias (1 Tim. 2:10; 2 Tim. 2:21; 3:17; Tito 3:1). La perspectiva bíblica no es entonces si yo me salvo haciendo buenas obras, sino que otros se salvan por mis buenas obras. Así que, con sus buenas obras, ¡salve a quien pueda! Fin del egoísmo.

Tuesday, March 23, 2010

GRACIA… “De nada” o El Sistema Prepago Espiritual – Parte 1

Mucho se ha discutido en la historia del cristianismo el tema de las buenas obras y su relación con la salvación, qué valor y que lugar tienen éstas en la vida del cristiano, si las buenas obras salvan o no. El tema se plantea a veces en blanco y negro: ‘los católicos creen en la salvación por obras, los protestantes en la salvación por la fe’. Pero, por ser un asunto de la esencia humana, se resiste a tales simplificaciones. Por cierto, aparte de la afiliación eclesiástica, los seres humanos, aunque prediquemos la gracia, tenemos la tendencia a por lo menos tres actitudes: (1) esperar favores de Dios por nuestras buenas obras, (2) molestarnos con Dios cuando no los recibimos y (3) envidiar a los que los reciben ‘por menos méritos’ que nosotros. Así pues, sin negar la importancia de los dogmas, pesa mucho la forma que estos toman en los creyentes que dichos dogmas creen.

La Biblia dice en muchos lugares que Dios socorre al huérfano, vela por las necesidades de la viuda, provee para los pobres y cuida al extranjero (p.ej. Salmos 113, 146). Eso, según la Biblia, lo hace Dios. Pero, ¿se ha preguntado usted cómo es que Dios hace eso? Para esto hay respuestas populares y respuestas bíblicas.

El público latinoamericano de ascendencia cultural animista escucha algunos predicadores que afirman que detrás de cada desgracia, dificultad y carencia hay alguna fuerza, energía o espíritu maligno que sólo él, cual respetable chamán, brujo o psíquico, es capaz de conjurar con su fe, oraciones y poder, a cambio de alguna suma de dinero ‘para la obra de Dios’, generalmente con el sistema prepago. Esa es la versión ‘espiritual’ de la teoría de la conspiración. Pero ya llevamos demasiados siglos escuchando de la misma fe paranoica con distintos ropajes como para seguirles creyendo. Además, no se puede, como dice la Biblia, eludir las responsabilidades sociales con las oraciones. Hay que ser histórica y teológicamente responsables. Sin descartar los milagros, porque no hay duda que Dios es poderoso y actúa en la historia. Si no fuera así, ¿qué Dios sería?

Pero recordemos que no somos Alicia ni vivimos en el País de las Maravillas, como algunos quieren (des)dibujar a los cristianos y al cristianismo. Recordemos también que el relato bíblico (desde Abrahán) abarca por lo menos dos mil años. En esos 20 siglos se dan tres épocas de concentración de milagros: el período del éxodo y entrada a la tierra prometida, el tiempo de los profetas Elías y Eliseo, y la época de Jesús en la tierra. A esto se le añaden naturalmente otros casos particulares. Es decir, durante la mayor parte de los tiempos bíblicos no era como en los días de Moisés y Josué, de Elías y Eliseo o de Jesús y sus discípulos, como se puede constatar en la misma Biblia y luego en la historia del cristianismo. Siendo así las cosas, no se puede predicar, ni creer, ni vivir, ni correr con un evangelio a cien milagros por kilómetro. No se puede pretender que esas tres épocas se junten en el día de hoy, en la vida de cada creyente y en los cuatro puntos cardinales. Vivimos en la tierra, la misma tierra de la Biblia. Reiteramos que nada de esto niega que Dios sea poderoso ni que haga milagros; para nada. Dios es poderoso y hace milagros hasta la fecha. Lo que se cuestiona es la espiritualidad que explota a los incautos y se esconde en la oración para ignorar y evadir los graves problemas sociales de nuestro continente.

¿Qué es lo que dice la Biblia, entonces? En esta tierra, que es el mismo mundo de la Biblia, Dios le dijo a su pueblo que las necesidades de los más pobres se atendían de tres formas: por ley, por generosidad y por actos especiales de Dios. Dos nos tocan a nosotros y una a Dios. Por ejemplo, según Levítico 19, todos somos responsables de todos en todos los niveles de la sociedad, desde la familia hasta las multinacionales. Eso es lo que espera Dios. Continuará...

Wednesday, March 17, 2010

100 Prepusios de Filisteos... Patrocina la Biblia la violencia? - Continuación

Algunos ateos se sirven de historias como la de los cien prepucios para afirmar que el problema de la humanidad es la religión. No se les puede responder que “el cristianismo no es unareligión si no una relación” porque te preguntarán “¿Qué relación quiere que tenga yo con un Dios que cuenta entre sus representantes a un tipo que anda por ahí cortando prepucios a placer y utilizándolos para comprar mujeres?”

No toda lo que se cuenta en la Biblia es digno de imitación porque no se cuenta para que se imite; sobre todo si es del Antiguo Testamento y si contiene escenas de sexo o violencia. Estos relatos son como el caso del cabezazo de Zidane a Materazzi en el mundial del 2006: “Prefiero morir antes que pedir disculpas (a Materazzi).” La Biblia no pide disculpas por estos prepucios. Entonces, ¿Cuál es la intención comunicativa del texto y la pertinencia y permanencia de estas prácticas y modelos de vida para los cristianos?

¿Equivale la exhibición de los 100 prepucios filisteos a los videos del F-16 que muestran las bombas caer contra “los enemigos de la democracia”. Para nada; no creo. Ambos son símbolos de triunfos militares, pero David nunca representó el ejército más poderoso del mundo, como sí lo representan los aviones, los satélites y los videos de bombardeos. ¿Qué hacemos con una historia así? La respuesta corta es ¡Nada! ¿Qué vamos a hacer? Aplicarla literalmente no podemos; espiritualizarla sería todo un indecoroso acto de malabarismo hermenéutico. Se imagina qué podrían significar los prepucios, lo que los sostiene, el cuchillo, la mano, el dueño del prepucio, David, Saúl, Mical. ¡Deténgase! ¡Por favor! ¿A dónde vamos a llegar con todo eso?

Saúl pide 100 prepucios como dote por Mical y David le trae 200. (1) ¿Qué aplicación tiene esta historia para la vida cristiana? A primera vista muy poco; y a segunda vista, menos. No vivimos en esos tiempos; así que ni siquiera sirve como mal ejemplo. Necesitamos situarnos en el tiempo, en la historia y en la teología bíblicas. El tema de Samuel aquí es el descenso de Saúl y el ascenso de David. En este relato se encuentran la olla y la tapa. Un Saúl que quiere acabar con David, y un David que quiere probar que es más que Saúl. Esto ocurre dentro de los parámetros antiguos de un héroe en la lucha por el poder durante la formación de una nación llamada Israel. Estamos hablando de historias de hace tres mil años, ¡treinta siglos! Si las cosas eran tan diferentes en tiempos de nuestros abuelos, ahora imagínese cómo lo serían hace tres mil años.

El descalificado de la historia es Saúl y el escogido es David; Saúl quiere que los filisteos hagan el trabajo sucio por él. La historia muestra que David es más sagaz que Saúl: se le sale de todas las trampas, escapa de todas las emboscadas y le saca el cuerpo a todas las jugadas. Saúl no le gana una a David. La historia de los cien prepucios es parte de ese plan narrativo en Samuel. Saúl quiere ver a David muerto y termina siendo su suegro. Además de violenta, la historia es cómica.

A quien le disgustan los prepucios debería leer más la Biblia para notar la otra cara del realismo bíblico. David le jugó muy sucio al soldado Urías después de haberse acostado con su mujer Betsabé (2S 11). En ese caso a David sí se le acusa de haber procedido mal. Aunque ambos casos tienen que ver con el mismo órgano pero de manera distinta, en el caso de los 100 prepucios a David no se le culpa de nada. Uno podría decir que para quien nos cuenta la historia en Samuel, el que David haya cortado cien prepucios filisteos estuvo bien (porque superó a Saúl en astucia y porque los filisteos son enemigos); pero el que haya mandado a matar a Urías estuvo mal (porque lo hizo para ocultar su adulterio y porque Urías es un hombre íntegro).

En la cosmovisión de quien cuenta esta historia en Samuel, el éxito de David es muestra de que Dios está con David. De paso, David entra a formar parte de la familia del rey gracias a la idea del mismo Saúl, su enemigo. Es la historia de un autogol, del tiro que salió por la culata, del tramposo engañado, del que fue por lana y salió trasquilado. Es una burla. Por eso cuenta que las mujeres cantan las victorias de David menospreciando a Saúl, y que Jonatán, el hijo de Saúl, hace un pacto lealtad y amistad con David.

Seguramente un tema tan complejo como el de los cien prepucios requerirá más estudio y reflexión, pero lo dejo así hasta una próxima oportunidad.

(1) ¿Y los sentimientos de Mical?, pregunta un autor. No hay mucho porque ese no es el tema, ni es esta la biografía de Mical sino de David. Además recuerde que son muchas las mujeres de David. Sin embargo, “este es el único lugar en los relatos del Antiguo Testamento donde se describe a una mujer como enamorada de un hombre.” Lo que no se menciona son los sentimientos de David hacia Mical. Steven L. McKenzie, King David: A biography (Oxford: Oxford University Press, 2002), 87.

Friday, March 12, 2010

100 Prepusios de Filisteos... Patrocina la Biblia la violencia?

En 2001, estando yo trabajando en Estados Unidos, un compañero mío de Uganda dedicaba sus vacaciones a trabajar como una bestia porque necesitaba completar el dinero con el que compraría unos chivos que tenía que entregar como dote a los padres de su novia para que ésta le fuera entregada como esposa. Curiosa costumbre, pensé yo. En nuestra cultura no existe eso. Algunos a duras penas se gastan un helado y una ida a cine, y ya se creen con plenos derechos conyugales sobre la novia.

Lo del chivo puede sonar extraño, pero ¿se puede imaginar usted una dote que se paga en prepucios? ¿Sabe lo que es un prepucio? Sin duda que los tiempos pasados eran diferentes; muy diferentes. Pero ¿pagar una dote de cien prepucios de filisteos por una mujer y después incluir el dato en un reclamo como si fuera gran cosa (2S 3:14)? ¡Eso es el colmo! Sí; pero eso hizo David, el rey de Israel. A David le pareció una gran idea y le entregó a Saúl cien prepucios de filisteos para recibir a Mical como esposa (1S 18:20–30). Sin duda eran otros tiempos, ¿pero David, el gran rey por quien tanta tinta narrativa y teológica se ha vertido en la Biblia? Que lo haga Sansón, bueno, ¿pero David?

Sea como fuere, para que se puedan coleccionar cien prepucios de filisteos o de cualquier grupo étnico, existen dos requisitos principales; en primer lugar, que los intervenidos no hayan sido circuncidados antes; y en segundo lugar que la donación del prepucio no sea voluntaria. Y por qué prepucios, se preguntará usted. Las razones son puramente pragmáticas: como prueba de los muertos, son más cómodos de cargar (a diferencia de cabezas, por ejemplo), fáciles de contar (sobre todo si se ensartan en una cuerda no muy gruesa), y no se puede hacer trampa (a diferencia de orejas o dedos).

Uno podría decir “¡Qué tipos tan salvajes los de esos tiempos!” Pero no se apresure; el asunto no es tan sencillo. Los seres humanos seguimos siendo los mismos; lo que han cambiado son las armas. Las armas actuales eliminan el contacto cuerpo a cuerpo entre quien oprime el botón o el gatillo y quien recibe el impacto. Pero el destrozo a la humanidad del impactado es mucho peor hoy que antes. Las armas actuales son más devastadoras en todo sentido; matan más gente de un solo golpe y los muertos quedan más destrozados. Así que si de salvajismo se trata, hoy somos más salvajes.

Tampoco debemos olvidar las historias de motosierras y descuartizamientos de enemigos que se ven hasta la fecha en el mundo, incluyendo repetidos y muy lamentables casos en América Latina, generalmente relacionados con el narcotráfico. Entre algunos, estos hechos atroces son actos de heroísmo; y se entiende, si viene de gente deshumanizada y animalizada. Por cierto, estas guerras se libran entre organizaciones y con armas financiadas principalmente con dineros provenientes de los países “desarrollados”, “avanzados” y de mucha “cultura”; no se nos olvide.

Ninguno de estos dos jabones (armas devastadoras, motosierra) podrán desmanchar las manos ni las ropas de David. El problema para el lector de la Biblia es que allí se cuente como hazaña que alguien mate cien hombres, los circuncide, y así gane una apuesta porque él es el vivo y su contendor el bobo.

Ahora pensemos, si es una dote, ¿qué puede hacer Saúl con cien prepucios? Pues nada; la idea es que son cien filisteos enemigos menos. Cien prepucios podría ser una expresión equivalente a “maté cien filisteos”; lo cual tampoco es que sea más amable que cortarles los cien prepucios. Pero en el texto no se presenta como expresión idiomática, sino como hecho.

¿Qué hacemos con una historia tan extraña, tan cruel, pero al mismo tiempo humorística y heroica? ¿Son meras historias de folklore picaresco? ¿Se equivocaron actores y narradores? ¿Podemos afirmar que no eran menos humanos que nosotros y por lo tanto hijos de su época incluyendo las formas de la violencia? ¿Patrocina la Biblia la violencia? ¿Cambiamos corte de prepucios por balazos y bombazos y seguimos campantes y orondos? Continuará . . .