Wednesday, August 11, 2004

Las verdades con las que nos mentimos

Yo sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí un email personal a mis amigos, a los que me escriben todas las semanas, a los que me atosigan con preguntas preocupados por mi selencio. Aun no estoy listo, casi como que necesito de la soledad y el silencio. Yo se que todos ustedes tienen un oido listo, un abrazo pronto y unas palabras a flor de labios, pero hay momentos en los que los caminos necesitamos recorrerlos callados, talvez solos o con una sola persona. Por ahora me ha tocado solo, no por propia elección, pero así también conservo la paz.


Ahora me encuentro ante un momento muy diferente en mi vida, al que alguna vez compartimos, una nueva posibilidad. He revisado mis reflexiones buscando en ella lo que de ella ya no comparto, no encontré casi nada. Ha pasado mucha agua bajo el puente, mucho tiempo por mi vida, he dejado de creer en muchas cosas y, en ese espacio, he creído muchas cosas nuevas, pero, en lo esencial , sigo comulgando con lo que siempre creí y lo que he compartido con ustedes por largo tiempo, quizás, porque mis reflexiones son un texto desnudo, que se dirige a la desnudez que me constituye, la que no cambia aunque cambien las vestimentas con la que me recubro, con la que a veces la asfixio. Porque mis palabras se dirigen a esa zona interior, a la creación de esa intimidad, donde el tiempo pasa a otro ritmo, al ritmo de la vida y no de nuestro apuro, de nuestro intento de ganar al tiempo lo que el tiempo nos quiere regalar, si esperamos. Si lo respetamos. Si lo dejamos llegar. Mucho de lo que en mis reflexiones hablo, al hacerlo, eran novedades, muchas fueron parte de mi, muchas ya dejaron de serlo. Más allá de eso, de esa ca¬pacidad que tenemos para vanalizarlo todo, lo esencial si¬gue en pie: lo esencial no depende de nosotros, nos viene regalado por Dios.

Hoy, una amiga me escribía y dedía que ella solo quería ser feliz. Entonces me quedé pensando en esa aspiración que todos los hombres compartimos: la felicidad. Pero dónde la hallamos, qué es esa felicidad. Dónde nos equivocamos en buscarla que nos cuesta tanto hallarla?
La mayoría afirma que sólo es feliz aquel que tiene todo, aquel que al más agrega más... Pocos se dan cuanta que llamando plenitud a lo mucho se nos escapa todo, se nos escapa lo propio. El omnipotente Todo nos empuja de aquí para allí, de una cosa a la otra, de un afecto a otro, de cada cosa o persona tomamos un poco, de ese poco suele no quedarnos nada.
De actividad en actividad, de persona en persona, comenzamos a sentir el vértigo del vacío, vacíos comenzamos a escapar arrojándonos al tráfago del activismo (trabajo, apostolado, rumba, etc.) con el que tratamos de cubrir nuestro vacío. En cada actividad o persona esperamos encontrar lo que la anterior tampoco nos dio, tratamos de cubrir lo que la anterior tampoco cubrió.

Ni en la lejanía del corazón, ni en el desierto de chatura de nuestra cotidianeidad conocemos la paz. Todo lo que nuestras manos tocan, todo lo que nuestros dedos aferran, traduce la impronta de la insatisfacción, de la incisión que parte nues¬tro corazón.

Entonces, cerca de cada uno de nosotros no quedan más que lejanías. Sabernos no escuchados nos duele y el eco de nuestras quejas nos ensordece hacia quienes a nuestro lado buscan ser escuchados.
Pero, hoy, quizá como nunca antes, las palabras ya no tocan a nadie. Ya no comprendemos. Ocasionalmente tratamos de reflexionar sobre nuestra existencia, buscar el significado y el valor de la vida, nuestra vida. De tanto en tanto, y sólo de tanto en tanto, reflexionamos. Pero también sabemos la otra verdad, la verdad que prevalece, tememos pensar, tememos desengañarnos de las verdades con que nos mentimos.

Vivimos en frenética huida de nosotros mismos, incapaces de permanecer quietos un solo instante. Le hechamos la culpa, a los viajes del trabajo, a la necesidad de descanso, al compartir con amigos o familia lejanos, a la inseguridad de dónde estamos. Como cortejos fantasmales, cuando hay una tregua de silencio en nuestros días, los temores del futuro nos obsesionan, los recuerdos nos reclaman.

Entretanto, nuestro interior late, late quedamente como la voz de todo lo profundo, late ahogada por la mera habladu¬ría de tantos y tantos monólogos (los propios y de los que llamamos amigos o familia) ahogada bajo el ruido que ya no es sólo el ambiente normal en que vivirnos, sino tam¬bién la necesidad vital que reclamamos.

Pocos son los que se atreven a penetrar en el templo del silencio y la soledad interior; pocos los que se atreven a escuchar su profundidad, su corazón…Pocos, pero no ninguno.
A ustedes los llamo Amigos porque se que todos y cada uno, desde su lugar, desde el ambiente de Top Models de Jazmín, las noches de DJ de Nacho, la Presidencia de un Holding de Jose, el silencio de la Hermita de Hugo, o el Misionar en Calcuta de mi hermosa Trindad, todos sienten el mismo fervor por hallar a Dios en su corazón y en el de los otros. Los llamo amigos porque se equivocan, a veces mucho, otras muchísimo, igual que yo, pero a todos nos mueve ese mismo fervor por darnos a los otros, así como somos, con nuestra locura….desde nuestra locura. Los amo porque todos saben escuchar y se que todas las cosas que comparto con ustedes dejan algo en la amistad que nos une y algunas los moviliza. Yo los quiero horrores porque aunque se que unos están más lejos o más cerca fisicamente de mi, todos me han dejado una impronta en el corazón, todos me han regalado algo bueno de sí, y ese algo es su presencia en mi, su cercanía.
Claro que hoy, talvez más que nunca, desearía que estuvieran todos aquí. Escribirles es traerlos y hacerlos presentes en mi corazón.
Los quiere,

Daniel