
Mi amigo Abrahan importante financiero y hombre de negocios de Buenos Aires, que actualmente dirige una fundación que brinda ayuda económica a la educación de niños Judios, me contó un sueño que tuvo antes de cambiar el rumbo de su actividad mercantil. Abrahan soño que habia muerto y andaba suelto por el cielo. Ánima bendita camino del cielo donde esperaba encontrarse con Dios para el juicio sin trampas y a verdad desnuda. Y no era para menos, porque en la conciencia además de llevar muchas cosas negras, tenía muy pocas positivas que hacer valer. Buscaba ansiosamente aquellos recuerdos de buenas acciones que había hecho en sus largos años de usurero. Había encontrado en los bolsillos del alma algunos recibos "Que Dios se lo pague", medio arrugados y amarillentos por lo viejo. Fuera de eso, bien poca cosa más. Pertenecía al grupo de tibios, de quienes comentó un poeta: "No dijo malas palabras, ni realizó cosas buenas". Parece que en el cielo las primeras se perdonan y las segundas se exigen. Todo esto ahora lo veía claro. Pero ya era tarde. La cercanía del juicio de Dios lo tenía a muy mal traer. Se acercó despacito a la entrada principal, y se extrañó mucho al ver que allí no había que hacer fila. O bien no había demasiados clientes o quizá los trámites se realizaban on-line. Quedó realmente desconcertado cuando se percató no sólo de que no se hacía fila sino que las puertas estaban abiertas de par en par, y además no había nadie para vigilarlas. Golpeó las manos y gritó el “Ave María Purísima” (sin importar de su condición judia, este era el saludo de los gauchos de las pampas al entrar a algún lugar, y Abraham era un admirador del espiritu solidario y la tenacidad del gauchage). Pero nadie le respondió. Miró hacia adentro, y quedó maravillado de la cantidad de cosas bonitas que se distinguían. Pero no vio a ninguno. Ni ángel, ni santo, ni nada que se le pareciera. Se animó un poco más y la curiosidad lo llevó a cruzar el umbral de las puertas celestiales. Y nada. Se encontró perfectamente dentro del paraíso sin que nadie se lo impidiera. - ¡Caramba, se dijo, parece que aquí debe ser todo gente muy honrada! ¡Mira que dejar todo abierto y sin guardia que vigile! Poco a poco fue perdiendo el miedo, y fascinado por lo que veía se fue adentrando por los patios de la Gloria. Realmente una preciosidad. Era para pasarse allí una eternidad mirando, porque a cada momento uno descubría realidades asombrosas y bellas. De patio en patio, de jardín en jardín y de sala en sala se fue internando en las mansiones celestiales, hasta que desembocó en lo que tendría que ser la oficina de Dios. Por supuesto, también estaba abierta de par en par. Titubeó un poquito antes de entrar. Pero en el cielo todo termina por inspirar confianza. Así que penetró en la sala ocupada en su centro por el escritorio de Dios. Y sobre el escritorio estaban sus anteojos. Nuestro amigo no pudo resistir la tentación, santa tentación al fin, de echar una miradita hacia la tierra con los anteojos de Dios. Y fue ponérselos y caer en éxtasis. ¡Que maravilla! Se veía todo clarito y chévere. Con esos anteojos se lograba ver la realidad profunda de todo y de todos sin la menor dificultad. Pudo mirar el interior de las intenciones de los políticos, las auténticas razones de los economistas, las tentaciones de los hombres de Iglesia, los sufrimientos de las dos terceras partes de la humanidad. Todo estaba claro a los anteojos de Dios, como afirma la Biblia. Entonces se le ocurrió una idea. Trataría de localizar a su socio de la financiera para observarlo desde esta situación privilegiada. No le resultó difícil conseguirlo. Pero lo agarró en un mal momento. En ese preciso instante su colega esta estafando a una pobre mujer viuda mediante un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria por sécula seculorum. (En el cielo todavía se entiende latín). Y al ver con meridiana claridad la "cochinada" que su socio estaba por realizar, le vino al corazón un profundo deseo de justicia. Nunca le había pasado en la tierra. Pero, claro, ahora estaba en el cielo. Fue tan ardiente este deseo de hacer justicia, que sin pensar en otra cosa, buscó a tientas debajo de la mesa el taburete de Dios, y volteándolo por encima de su cabeza lo lanzó a la tierra con una tremenda puntería. Con semejante teleobjetivo el tiro fue certero. El taburete le pegó un formidable golpe a su socio, tumbándolo allí mismo. En ese momento se oyó en el cielo una gran algarabía. Era Dios que volvía con sus angelitos, sus santos, pastores, confesores y mártires, después de un día de picnic realizado en las praderas eternas. La alegría de todos se expresaba hasta por los poros del alma, haciendo un gran alboroto celestial. Nuestro amigo se sobresaltó. Como era pura alma, el alma no se le fue a los pies, sino que trató de esconderse detrás del armario de las indulgencias. Pero ustedes comprenderán que la cosa no le sirvió de nada. Porque a los ojos de Dios todo está patente. Así que todo fue entrar y llamarlo a su presencia. Pero Dios no estaba irritado. Gozaba de muy buen humor, como siempre. Simplemente le preguntó qué estaba haciendo. La pobre alma trató de explicar balbuceando que había entrado en la gloria, porque estando la puerta abierta nadie la había respondido y el quería pedir permiso, pero no sabía a quién. -No, no, le dijo Dios, no te pregunto eso. Todo está muy bien. Lo que te pregunto es qué hiciste con mi taburete donde apoyo los pies. Reconfortado por la misericordiosa manera de ser de Dios, el pobre tipo se fue animando y le contó que había entrado en su despacho, había visto el escritorio y encima los anteojos, y que no había resistido la tentación de colocárselos para echarle una miradita al mundo. Que le pedía perdón por el atrevimiento. -No, no, volvió a decirle Dios. Todo eso está muy bien. No hay nada que perdonar. Mi deseo profundo es que todos los hombres fueran capaces de mirar el mundo como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero hiciste algo más. ¿Qué pasó con mi taburete donde apoyo los pies? Ahora sí que el ánima bendita se encontró animada del todo. Le contó a Dios, en forma apasionada, que había estado observando a su socio justamente cuando cometía una tremenda injusticia y que le había venido al alma un gran deseo de justicia, y que sin pensar en nada había volteado el taburete y se lo había arrojado a la espalda. -¡Ah, no!, volvió a decirle Dios. Ahí te equivocaste. No te diste cuenta de que si bien te había puesto mis anteojos, te faltaba tener mi corazón. Imagínate que si yo cada vez que veo una injusticia en la tierra me decidiera a tirarles un taburete, no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme de proyectiles. No, hijo mío, no. Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar. -Vuélvete ahora a la tierra. Y en penitencia, durante cinco años reza todos los días esta jaculatoria: "Jesús, manso y humilde de corazón dame un corazón semejante al tuyo". Y el hombre se despertó todo sudado, observando por la ventana entreabierta que el sol ya había salido y que afuera cantaban los pajaritos. Hay historias que parecen sueños. Y sueños que podrían cambiar la historia.
Para usar los anteojos de Dios nos hace falta tener su corazón.









Por qué una madre considera el dolor del parto como algo positivo y no como algo que la llena de amargura o resentimiento? Por amor. O un padre que no vacila –aun si está cansadisima- en acompañar a su hijo y hacer suyo su dolor. Es así como el sufrimiento es transformado y deja de ser sufrimiento. Esto es lo que comunmente llamamos un sacrificio. La palabra “sacrificar” significa convertir algo en sagrado. Cada sacrificio nos transforma un poco y progresivamente nuestra vida adquiere un carácter sagrado. Pero el sacrificio solo es útil si el destinatario de nuestra renuncia representa lo infinito. Dios es el único objeto merecedor de un sacrificio, es decir que cuando hallamos un objeto merecedor de un sacrificio (amigo, hijo, novia, etc.), hallamos a Dios. Estamos llamados a sacrificarnos muchas veces al día, por eso debemos prepararnos para aquellos momentos en la vida en que se nos pide que ocupemos menos espacio del habitual.
