Thursday, September 18, 2008

Crisis, qué crisis ?

¿Es moralmente aceptable que una persona gane en un día o en unas horas lo equivalente a la deuda externa de un país subdesarrollado?; ¿es lícito que la seguridad económica de una entera nación pueda llegar a resquebrajarse por las “maniobras” de unos pocos especuladores?; ¿alargan este tipo de operaciones la distancia entre los países ricos y los pobres?; ¿atentan contra la economía productiva?

El cimbronazo histórico en los mercados, que llegó a todos los rincones del planeta en simultáneo, volvió a dejar al descubierto la magnitud de la globalización y sus efectos.

La globalización, tal como es ejercida en el presente, hace que los centros de poder hayan perdido especialidad. La noción de espacio, que hasta no hace mucho tiempo tenía significado, hoy, en virtud de lo que podríamos llamar la realidad virtual, se ha desplazado, ha perdido centralidad.

Hoy el mundo queda en todas partes, los conflictos quedan en todas partes. Rige una simultaneidad asombrosa de la vida económica y financiera del mundo por lo que, los problemas que ocurren en un sitio, simultáneamente, tienen lugar en todas partes.

La globalización plantea oportunidades y riesgos por igual. Si la miramos desde el punto de vista de una interdependencia solidaria, sería magnifica. Pero mirada desde el punto de vista de la expansión de la codicia y el egoísmo es terrible y afecta a un mundo muy interdependiente.

La expansión de la crisis al mundo entero puede ser vista en términos económicos y de cifras, pero por sobre estos indicadores está la cuestión imponderable, y profundamente significativa, del sentido que tiene la vida cuando vivimos para acumular riqueza a expensas de los que menos tienen.

A la hora de analizar el crac financiero todos los analistas tienden a dejar de lado el aspecto ético y mucho más el moral. No se habla de las cuestiones éticas, y, en particular, de la cuestión de la ambición desenfrenada. Toda esta crisis es consecuencia de una codicia ilimitada. El tema de fondo sigue siendo el de siempre: los hombres, si no están acotados por la ley propenden siempre a acumular poder y riqueza a expensas de sus semejantes.

Uno de los factores más profundamente desalentadores de la crisis es que vuelve a poner a la humanidad delante de uno de los problemas más antiguos de la tierra. El problema del que hablo es el egoísmo, la ineptitud para la convivencia equitativa. Es hora de decirlo con todas las letras: el Estado en los Estados Unidos no ha jugado el rol que debía jugar. No se trata de amordazar la iniciativa privada, se trata de fijarle un límite a la ambición sin freno y esto es lo que no ocurrió.

La crisis que el mundo actual está viviendo no es solo financiera, y por tanto la solución no puede ser solamente de carácter financiero.

Esta crisis financiera pone en evidencia que cuando un sistema económico-financiero entra en crisis, nunca es por motivos económicos o financieros, sino porque en su origen ha habido una herida en el sistema moral global.

En el origen hay una "crisis de confianza", todos hablan de ella, de volver a establecer la confianza recíproca para resolver esta crisis, pero la confianza no es un elemento económico o financiero, sino una actitud ética.

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