Tuesday, September 08, 2009

Más es Menos y el que ríe último ríe mejor – Paradojas bíblicas


La Biblia está llena de historias en las que de alguna manera se cumple el dicho “el que ríe de último, ríe mejor.” No es que el dicho se origine en la Biblia, sino que sencillamente se cumple tantas veces y de tantas maneras que es difícil no asociar una cosa con la otra. La lista de primeros que pasan a segundos (y a últimos) es casi interminable. De modo pues que unos cuantos ejemplos bastarán para comprobar este paradigma bíblico.

Cinco casos de Génesis: (1) Caín y Abel: A Dios le agrada el sacrificio del segundo, no del primero. (2) Ismael e Isaac: Ismael nació primero, pero no fue el heredero de la promesa. (3) Esaú y Jacob: Esaú nació primero, pero la bendición la recibió Jacob. (4) Los once y José: José era el menor, pero fue más importante que todos sus hermanos. (5) El éxodo y la entrada a la tierra: Los que salieron de Egipto fueron unos y los que entraron fueron los hijos.

Dos casos de 2 Reyes: (1) Gejazi y Naamán: El israelita adquirió la lepra por la codicia y el leproso sirio fue sano. (2) Los oficiales del rey y los cuatro leprosos: Los militares no pueden lo que pueden cuatro leprosos, salvar la ciudad de Samaria del estado de sitio.

Uno de Ester: Aman y Mardoqueo. Amán es el oficial persa que prepara la muerte de los judíos para luego morir él y dejar al judío Mardoqueo en su lugar.

Cinco casos de los Evangelios: (1) Los fariseos y los pecadores: Los primeros se creían los primeros, pero Jesús pone a los pecadores en su lugar. (2) Los ricos y la viuda. Los ricos creen que dan más porque dan más, pero Jesús les dice que la viuda que dio menos, dio más. (3) El publicano y el fariseo: El fariseo se cree más piadoso por sus obras públicas de piedad, pero Jesús dice que el publicano es el justificado. (4) El siervo y los importantes: Los discípulos buscan los puestos importantes, pero Jesús les dice que los más importantes son los siervos. (5) la fe de los judíos y la de un extranjero: La exaltación más grande de la fe de un individuo la hizo Jesús de alguien que no era ni religioso ni judío; era un extranjero y además centurión.

Un caso de Hechos de los Apóstoles: Matatías y Esteban. Matatías es elegido para tomar el lugar de Judas, pero el Espíritu Santo eligió a Esteban el mesero para que predicara con poder y fuera el primer mártir.

Uno de las Cartas de Pablo: Los sabios y la escoria. Los sabios y estudiosos se creen más y con más derecho de hablar; Pablo les dice que a quienes Dios eligió no fue a los sabios, sino a la escoria del mundo, para avergonzar a los sabios.

¿Cuál es el mensaje de todo esto? Mucho se podría decir, pero digamos sólo un poco. La gracia no corresponde al derecho. El desagradable es agradable. Lo primero no es lo primero. El sentenciado a muerte termina gobernando. Lo menos es más. El que más se cree es menos. El impotente es poderoso. El no israelita es más israelita. El menor es mayor. El que no es elegido es escogido. El que sabe menos sabe más. El que tiene más tiene menos. El que menos da, da más.

Esta es una temática que corre por toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Es realmente difícil no ver las betas de este mensaje tan paradigmático que casi debería ser elevado a la categoría de doctrina cristiana. Por mucho que para Dios resulte divertido, no nos creamos más de lo que somos. Las matemáticas bíblicas añaden y sustraen de manera distinta a los estándares y presupuestos humanos. ¿Ud, qué se ha creído?

Monday, September 07, 2009

Uribe: presidente, monarca o dictador “chévere ” ?

Estábamos hablando con otros empresarios amigos sobre la democracia. Uno de ellos, para quien Uribe es “un dictador chévere” considera que la democracia es un mito. Así lo pensó el politólogo anglo-norteamericano James Burnham, quien en “Los maquiavelistas” comentó la obra de otros autores que pensaban, como él, que el gobierno de la mayoría es una ilusión porque, en los hechos, siempre manda alguna minoría. En “La clase política”, Gaetano Mosca, el más famoso de los maquiavelistas, resumió el pensamiento de su escuela al afirmar que "una minoría organizada siempre prevalece sobre una mayoría desorganizada". Probablemente éstas afirmaciones avalen el adjetivo calificativo que se ha puesto de moda entre la clase empresarial para designar al presidente Uribe.

En mi opinión el riesgo de que lo nombrado se haga verbo está directamente relacionado con la posibilidad de una re-reelección. Como modelo ético respecto del tema recuerdo a Fernando Henrique Cardoso no sólo porque fue presidente de Brasil entre 1995 y 2003 sino también porque fundó un sistema. Como su frase más recordada es que "tres períodos es monarquía", Cardoso tuvo el buen cuidado de respetar la reforma constitucional que él mismo había propiciado, la cual no permite más de dos mandatos presidenciales consecutivos.

Si Uribe cediera al fin a la tentación "re-reeleccionista", obtendría seguramente otros cuatro años en la presidencia pero dejaría a su país sin sistema porque ingresaría en el peligroso camino de las reelecciones consecutivas que hoy caracteriza a los regímenes autoritarios del venezolano Chávez, el ecuatoriano Correa, el boliviano Morales y el matrimonio Kirchner.

En América latina, la reelección consecutiva indefinida es la frontera que separa esas expresiones del autoritarismo populista de las repúblicas democráticas como Brasil, Chile y Uruguay, todas ellas en camino hacia las democracias maduras de Europa y América del Norte.

Pero la maduración democrática de las naciones latinoamericanas sólo ha sido posible con una condición previa: el renunciamiento de sus presidentes-fundadores. En 1994 el primer sucesor democrático de Pinochet, Patricio Aylwin, renunció en Chile a la posibilidad de una reelección inmediata, creando así un precedente que seguirían puntualmente sus sucesores Frei, Lagos y Bachelet. En 1990, Julio Sanguinetti respetó escrupulosamente por su parte la prohibición de la reelección inmediata de la constitución uruguaya, algo que reiteraron sus sucesores Lacalle, Batlle y Tabaré Vázquez. En 2003, ya Cardoso había descartado ese tercer período consecutivo al que calificó de "monárquico" y hasta ahora se supone que Lula haría lo mismo al fin de su segundo mandato.

Los países latinoamericanos que hoy se encaminan al desarrollo político lo han logrado en cumplimiento de un principio básico: que los fundadores de sistemas, los fundan y se van. Lo mismo habían hecho históricamente todos los presidentes colombianos. Si Uribe cediera ahora a la tentación reeleccionista, dejaría a Colombia sin sistema. Seguiría en el trono por algunos años más pero, al hacerlo, renunciaría al pedestal.

Saturday, September 05, 2009

Otra vez maná ??!!


Maná originalmente no era un grupo musical; fue la comida que Dios le proveyó a Israel en el desierto por cuarenta años (Ex 16:11–36). Parece que al principio les gustó mucho pues desobedecieron a Moisés y algunos recogieron más de lo que necesitaban para un día. Su sabor era como de galletas con miel (Ex 16:20, 31). ¡Nada mal para el desierto! Teológicamente, maná es símbolo de provisión divina, “pan del cielo” (Sal 78:24). Esto suena bien, visto desde la distancia con unos buenos binóculos teológicos, pero ¿quién puede aguantar 40 años con el mismo menú? ¿No resulta ambiguo el hecho y el símbolo, dado que, en cuestiones de comida, es preferible la variedad? ¿O es que se volvieron muy exigentes?

Una cosa es criticar las murmuraciones de Israel en el desierto y otra soportar cuarenta años comiendo la misma cosa, maná. Por muy delicioso que fuera, uno supone que después de 40 años ya perdía su gracia. Pero siendo honestos, uno debe preguntarse también, ¿qué de la gente que come arroz todos los días? ¿o fríjoles? ¿o pan? ¿o papa? ¿o tortillas? La mayoría de la gente del mundo come más o menos la misma cosa todos los días con leves variaciones. Entonces, ¿por qué se quejaban los israelitas del menú celestial? ¿No comían además codornices?: “Y el pueblo habló contra Dios y Moisés: ¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? Pues no hay comida ni agua, y detestamos este alimento tan miserable” (Num 21:5).

El asunto parece ser más complejo que la simple comida. Los israelitas no se comían el maná solo; lo condimentan con una pizca de ingratitud y otra de amnesia colectiva selectiva. Es decir, se acuerdan solamente de las delicias de la cocina egipcia: “Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos” (Num 11:5). De modo pues que, al momento de comer otra vez maná, Egipto dejó de ser sitio de esclavitud, padecimiento y duras labores para convertirse en el sitio donde se comía bien. Es decir, sufrían de la nostalgia que padecen muchos cuando se trasladan de un lugar a otro: ante lo diferente del nuevo lugar y seguramente ante las dificultades, idealizan el lugar original de residencia por medio de la extrapolación de una pequeña parte a la totalidad. Ocurre una especie de metonimia del recuerdo. Pero basta una visita breve al lugar de origen para saber que por muy bueno que fuera, no era el paraíso.

Gabriel García Márquez comienza su autobiografía con una atractiva máxima antes de iniciar su relato: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” Tal afirmación probablemente es inofensiva en el caso de su vida. Es cierto también que todos los pueblos deciden cómo quieren construir su pasado, pero la historia no se hace al garete. Hay ejemplos muy recientes que demuestran los límites del capricho cuando de historia se trata. El historiador británico David Irving se declaró culpable y fue sentenciado por una corte austriaca a tres años de cárcel por el delito de pretender cambiar la historia negando algunas de las atrocidades cometidas contra los judíos en Auschwitz. Más exactamente, negó en uno de sus libros que allí se hubieran utilizado cámaras de gas. Casos como el de Irving muestran que es posible poner correctivos a la historia mal contada; y que una cosa es una autobiografía y otra la historia de un pueblo. Si yo quiero recordar que tenía los ojos azules cuando niño (cosa que no es cierta), nadie me va a demandar ni meter a la cárcel. Pero, ¿aceptaríamos que un Hitler o un Pablo Escobar o un Idi Amin Dada, si ellos (o sus biógrafos) hubieran adoptado la máxima de García Márquez y aparecieran como “los buenos de la película”?

El texto bíblico nos dice que sí es posible recordar la historia personal según el gusto personal (hasta aquí el novelista tiene razón), pero eso no quiere decir que la historia fue otra ni que sea imposible recuperarla. Es decir, una cosa es la historia colectiva documentada y otra la historia individual a partir del mero recuerdo sin crítica ni evaluación externa. Por eso, ante el revisionismo histórico a ultranza que pretende argumentar que Israel se inventó su pasado (“glorioso” según algunos) en el exilio, hay que decir dos cosas: primero, que hubo correctivos; y segundo, ¿qué hay de glorioso en ser esclavo en Egipto? Si bien es cierto que hubo en Israel intentos de recordar la historia, o por lo menos parte de ésta, de una manera que no correspondía a la realidad de los hechos, también es cierto que es posible corregir tales versiones románticas con el recuerdo de los hechos verdaderos por crudos que hayan sido. ¿Y para que sirve la corrección? Por lo menos para tres cosas: para que futuras generaciones no hagan lo mismo, para que el recuerdo de lo verdadero los conduzca a la gratitud y para darles fuerzas para enfrentar el futuro.