Tuesday, October 27, 2009

“Cristianos y Política” o “la Biblia junto al calefón”


El CTI de la Fiscalía hizo efectiva la orden de detención en contra del concejal Melo Carrillo representa al Partido Cristiano de Transformación y Orden. Al asumir como concejal se comprometió a "ayudar a la comunidad cristiana y a generar iniciativas de desarrollo orientadas al mejoramiento de la calidad de vida de las familias". La verdad, no sé que puede tener que ver ese pacto con mandar a liquidar a su mujer, quien lo había amenazado con denunciarlo públicamente al encontrar en el celular del susodicho un videíto teniendo relaciones sexuales con otra.


Uno de los peores desaciertos que han cometido los cristianos evangélicos en América Latina recientemente ha sido la incursión en la política con los mal llamados “partidos políticos cristianos”. Es un error gravísimo con múltiples aristas, tanto teológicas como sociológicas. Veamos algunas.

Primero vamos con lo teológico. Esa idea de que “Colombia será para Cristo” ni es bíblica ni va a ocurrir. No olvidemos que hasta hace muy poco Europa era un continente “cristiano.” La Biblia dice que el evangelio será proclamado en todas partes, pero en ninguna parte afirma que todo el mundo se va a convertir en cristiano; todo lo contrario. El evangelio en general es y será rechazado porque el ser humano prefiere vivir a sus anchas sin pasar por las angostas de la ética cristiana, la de Jesús.


El primer error teológico es doble: pensar que todos se van a convertir a Cristo en el país, y que con gobernantes cristianos habrá justicia, paz y felicidad. Eso no ha ocurrido en ninguna parte y nunca va a ocurrir. Lea el Nuevo Testamento y verá cuán humanos son los cristianos.

El segundo error teológico es la peligrosa mezcla de religión con política, especialmente cuando el político que se llama cristiano es de formación tanto teológica como política poco estructuradas. La madurez de pensamiento no se logra en tres días, como si fuéramos plátanos.


Muchos cristianos evangélicos, sin darse cuenta, tienen una mentalidad constantiniana y medieval del poder (reino de Dios = control del gobierno); la misma que los cristianos evangélicos tanto le han criticado a la iglesia católica romana. ¡Qué ironía! Pero no se dan cuenta, precisamente por la falta de conocimiento de la historia, de la teología y de la política. ¡Qué peligro!

En cuanto a lo sociológico, uno no pasa del miedo al agua a una competencia intercontinental de veleros de la noche a la mañana. En Colombia, los cristianos evangélicos hace dos décadas eran o liberales o apáticos a la política. Esto último por una escatología apocalíptica, más hollywoodense que bíblica. ¿Qué se podía esperar? Cuando se les habló de las lecciones de la historia y de la inviabilidad de su empresa, respondieron con altiva ignorancia: “eso no nos va a pasar a nosotros.”


Los males que cometa el político cristiano evangélico y su partido serán sobredimensionados, exagerados, y publicitados como ningún otro en la sociedades latinoamericanas mayormente católicas, por una sencillísima razón: los políticos cristianos evangélicos cayeron en su propia trampa, movidos por la ambición, la teología distorsionada y la ignorancia crasa. Su discurso se olvidó que son seres humanos y arrogantemente descalificaron a los demás. Se declararon diferentes y resultaron iguales.


El hecho de que la gente haga tanta leña de estos árboles caídos muestra que los críticos tienen un sentido de lo correcto y, más aún, una vara ética más alta para medir a quienes ejercen cargos públicos no como ciudadanos, sino como cristianos. Por eso la factura tan elevada.

La necesidad más urgente en nuestro continente en términos de política es la cultura ciudadana. Cuando tengamos ciudadanos con cultura democrática, entonces podremos decir que tenemos democracia. Hasta el momento tenemos sólo maquinarias políticas y uno que otro caso aislado de verdaderos votos de opinión. Eso explica por qué es posible seguir eligiendo corruptos con tan poca participación ciudadana.


No vamos a decirles hoy a los mal llamados políticos y partidos cristianos evangélicos lo que le dijo Maradona a sus críticos. Tampoco eso sería muy cristiano. Pero sí es necesario advertirle a la gente de lo irresponsable y arrogante que es hablar de “partidos políticos cristianos.” Si alguien anhela ser político, gánese los votos en franca lid, no utilizando las maquinarias de las iglesias que a última hora en nada difieren de las maquinarias políticas que tanto hemos criticado.


La franca lid es el trabajo honesto y dedicado por el bien público, desde abajo. A la hora de votar, el elector vota por la historia pública del candidato y su partido, no por una religión. No confundamos elección de ministros religiosos con elección de ministros de gobierno.


Tantos parecidos entre los mal llamados políticos cristianos con los políticos tradicionales sugiere que Pierre Bastian tiene razón: Muchos de los movimientos “cristianos” de América Latina no son más que una expresión de la religiosidad popular católica.

Sunday, October 25, 2009

Maradona, Idolatría, Política y Valores olvidados

Mis amigos y conocidos saben que yo –siendo argentino- no quería que argentina clasifique al mundial, por considerar que Maradona –excelente jugador de futbol y pésimo deportista- es la peor pesadilla que le aconteció al futbol argentino y al pueblo que lo idolatra. Y si clasificábamos, su orgullo desproporcionado y mediático se dispararía. El ya famoso exabrupto de Maradona en Montevideo, minutos después de que la Argentina se clasificara para el Mundial de Sudáfrica, es sólo la punta de un témpano cuyo "cuerpo", mucho más amplio, consiste en una crisis moral. Esta crisis se expresa en la simultaneidad de dos procesos íntimamente ligados: en un sentido descendente, la debilidad de aquellos valores que debieran alimentarnos; en un sentido lamentablemente ascendente, el culto de aquellos ídolos con los que se pretende reemplazarlos.

Llamamos ídolo a la imagen mentirosa de una deidad que se nos propone como objeto de culto, y llamamos idólatra a quien la adora como si fuera verdadera. Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las tablas de la ley que Dios, el verdadero Dios según la Biblia, le había dictado, se encontró con la escandalosa novedad de que el pueblo se había puesto a adorar a un becerro de oro. Adorar significa "orar a Dios", pero el dios al que se adora puede ser verdadero o falso. El verbo "idolatrar" se aplica solamente a un dios falso.

Quizá la divinización de Maradona como un falso dios ocurrió a partir de él mismo, cuando atribuyó el famoso gol mentiroso que les convirtió a los ingleses a "la mano de Dios". Pudo pensarse al principio que, con esta inolvidable frase, el gran Diego se proponía como favorito de Dios, como una prueba más de que "Dios es argentino", pero el comportamiento ulterior de nuestro máximo futbolista induce a pensar que él se imaginaba no ya como un elegido de Dios sino como Dios mismo. Un dios falso, un "ídolo" cuya exaltación no fue culpa exclusiva del autor de aquella frase sino también de nuestra idolatría. ¿Acaso una mayoría no aplaudió, explícita o implícitamente, a "la mano de Dios"?

¿Quién es entonces Maradona? ¿Un tirano mediático que se impuso contra nuestra voluntad, o la encarnación resultante de nuestra auto exaltación narcisista, de nuestro desprecio por las reglas, ya fueran del deporte o de la Constitución? ¿Podríamos culparlo por la desmesura de su autoproclamada divinización? ¿Quién es al fin y al cabo Diego? ¿Un abusador solitario o una víctima propiciatoria del inconsciente colectivo de los argentinos? Si lo habíamos dejado creer que era Dios, él actuó en consecuencia cuando no hizo más que desplegar la presunta omnipotencia que le atribuíamos. Hoy la mayoría de los argentinos lo condena por lo que dijo en Montevideo, y esto apunta a una saludable reacción colectiva contra la mitomanía que lo confundió, pero no por eso no lo hemos querido con el amor ciego que, finalmente, lo perdió.

Otros ídolos

Si los vacíos siempre se ocupan, ¿no hay otros ídolos aparte de Maradona que hoy procuran desplazar nuestros valores? ¿Qué decir por ejemplo del dios del dinero? Si lo mantenemos en su lugar, importante pero secundario, el amor al dinero es un incentivo funcional para el desarrollo de la economía. ¿Puede subir en cambio al tope de nuestra escala de valores, hasta reemplazar incluso la vocación política?

El cambio de posiciones de aquellos que han votado inesperadamente en el Congreso contra los que se suponían que eran sus principios a cambio de determinados beneficios personales ante varias iniciativas como la ley de medios y la reciente aprobación legislativa de un presupuesto que pone todo en manos del Poder Ejecutivo, ¿cómo deja a estos mutantes políticos en relación con los valores que supuestamente sostenían? ¿Cómo explicar, del mismo modo, el enriquecimiento personal de algunos políticos, comenzando por la pareja presidencial, que ridiculiza sus remuneraciones formales?

Estas preguntas bordean el inquietante problema de la corrupción. Cuando alguien procura la obtención de beneficios personales en lugar de lo mejor para los gobernados, deja traslucir que el amor al dinero ocupa en su tabla de valores un lugar indebido. La corrupción puede ser directa cuando sus inconfesados frutos van al bolsillo del transgresor, o indirecta cuando benefician a algún aliado, como un gobierno provincial que la demanda de sus legisladores. Una forma sutil de corrupción también ocurre cuando representantes que han sido elegidos por formar parte de una lista determinada emigran súbitamente en dirección contraria y estafan de este modo a sus votantes. El hecho de que Kirchner haya concentrado el inmenso poder de la caja para alterar las votaciones parlamentarias muestra que conoce como nadie las debilidades morales de la condición humana y que no vacila en explotarlas en beneficio de su propia ambición de poder.

Pero ¿cuál es este beneficio? ¿Es el cumplimiento de un programa de gobierno previamente anunciado o es la multiplicación incesante del propio poder? El poder, en este sentido, ¿es como debiera ser un "medio" para realizar determinados ideales políticos o es al contrario un "fin en sí mismo" cuya meta es alimentarse de sus propios excesos? Si la corrupción que provoca la exaltación del dinero al tope de la escala de valores quema incienso ante el altar de un ídolo, la sed ilimitada del poder como si fuera un fin en sí mismo apunta a su vez en dirección de otro ídolo al que adoran aquellos que lo han convertido en su propia razón de ser, en su propia "razón de Estado", convirtiéndolo en un falso dios.

¿Y los valores?

Decíamos al principio que los ídolos crecen cuando ocupan el vacío dejado por los valores. Pero ¿qué son los valores? Desde Platón hasta Max Scheler y Ortega y Gasset, los valores han sido considerados la transformación en sustantivo de un adjetivo encomiable. Si decimos que una mujer es bella, es porque participa de algún modo de un valor, la belleza, del que esa mujer, al igual que un cuadro o un paisaje, participa. El primero de nuestros valores políticos es, en tal sentido, la democracia. Ella consiste en la transparente representación del pueblo por parte de aquellos a quienes el propio pueblo ha votado. Si algunos políticos, ya sea en el Congreso o en las diversas posiciones ejecutivas que les ha acordado el pueblo, pegan la vuelta sin aviso previo en función de otros apetitos, lesionan gravemente el dogma de la representación democrática.

El segundo de los valores que más debiera importarnos es la honestidad, entendida tanto en lo económico como en lo actitudinal. Si un político aspira a obtener mediante la vida política el alto ingreso que no ha logrado en la vida privada, para él aquella noble vocación deja de ser un fin para convertirse en un medio al servicio de fines inconfesables. A la honestidad económica debiera agregarse aquí lo que llamaríamos la "honestidad actitudinal". Esto se refiere a la coherencia entre el pensar, vivir y amar. La incoherencia es el peor mal que un líder le puede hacer a sus seguidores.