Friday, March 12, 2010

100 Prepusios de Filisteos... Patrocina la Biblia la violencia?

En 2001, estando yo trabajando en Estados Unidos, un compañero mío de Uganda dedicaba sus vacaciones a trabajar como una bestia porque necesitaba completar el dinero con el que compraría unos chivos que tenía que entregar como dote a los padres de su novia para que ésta le fuera entregada como esposa. Curiosa costumbre, pensé yo. En nuestra cultura no existe eso. Algunos a duras penas se gastan un helado y una ida a cine, y ya se creen con plenos derechos conyugales sobre la novia.

Lo del chivo puede sonar extraño, pero ¿se puede imaginar usted una dote que se paga en prepucios? ¿Sabe lo que es un prepucio? Sin duda que los tiempos pasados eran diferentes; muy diferentes. Pero ¿pagar una dote de cien prepucios de filisteos por una mujer y después incluir el dato en un reclamo como si fuera gran cosa (2S 3:14)? ¡Eso es el colmo! Sí; pero eso hizo David, el rey de Israel. A David le pareció una gran idea y le entregó a Saúl cien prepucios de filisteos para recibir a Mical como esposa (1S 18:20–30). Sin duda eran otros tiempos, ¿pero David, el gran rey por quien tanta tinta narrativa y teológica se ha vertido en la Biblia? Que lo haga Sansón, bueno, ¿pero David?

Sea como fuere, para que se puedan coleccionar cien prepucios de filisteos o de cualquier grupo étnico, existen dos requisitos principales; en primer lugar, que los intervenidos no hayan sido circuncidados antes; y en segundo lugar que la donación del prepucio no sea voluntaria. Y por qué prepucios, se preguntará usted. Las razones son puramente pragmáticas: como prueba de los muertos, son más cómodos de cargar (a diferencia de cabezas, por ejemplo), fáciles de contar (sobre todo si se ensartan en una cuerda no muy gruesa), y no se puede hacer trampa (a diferencia de orejas o dedos).

Uno podría decir “¡Qué tipos tan salvajes los de esos tiempos!” Pero no se apresure; el asunto no es tan sencillo. Los seres humanos seguimos siendo los mismos; lo que han cambiado son las armas. Las armas actuales eliminan el contacto cuerpo a cuerpo entre quien oprime el botón o el gatillo y quien recibe el impacto. Pero el destrozo a la humanidad del impactado es mucho peor hoy que antes. Las armas actuales son más devastadoras en todo sentido; matan más gente de un solo golpe y los muertos quedan más destrozados. Así que si de salvajismo se trata, hoy somos más salvajes.

Tampoco debemos olvidar las historias de motosierras y descuartizamientos de enemigos que se ven hasta la fecha en el mundo, incluyendo repetidos y muy lamentables casos en América Latina, generalmente relacionados con el narcotráfico. Entre algunos, estos hechos atroces son actos de heroísmo; y se entiende, si viene de gente deshumanizada y animalizada. Por cierto, estas guerras se libran entre organizaciones y con armas financiadas principalmente con dineros provenientes de los países “desarrollados”, “avanzados” y de mucha “cultura”; no se nos olvide.

Ninguno de estos dos jabones (armas devastadoras, motosierra) podrán desmanchar las manos ni las ropas de David. El problema para el lector de la Biblia es que allí se cuente como hazaña que alguien mate cien hombres, los circuncide, y así gane una apuesta porque él es el vivo y su contendor el bobo.

Ahora pensemos, si es una dote, ¿qué puede hacer Saúl con cien prepucios? Pues nada; la idea es que son cien filisteos enemigos menos. Cien prepucios podría ser una expresión equivalente a “maté cien filisteos”; lo cual tampoco es que sea más amable que cortarles los cien prepucios. Pero en el texto no se presenta como expresión idiomática, sino como hecho.

¿Qué hacemos con una historia tan extraña, tan cruel, pero al mismo tiempo humorística y heroica? ¿Son meras historias de folklore picaresco? ¿Se equivocaron actores y narradores? ¿Podemos afirmar que no eran menos humanos que nosotros y por lo tanto hijos de su época incluyendo las formas de la violencia? ¿Patrocina la Biblia la violencia? ¿Cambiamos corte de prepucios por balazos y bombazos y seguimos campantes y orondos? Continuará . . .

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